
Cuando observo a los hombres mientras gozan de obras de grandes maestros y me fijo en la forma de su aplauso me vienen a la mente los monos entrenados para la denominada comedia, que se comportan de manera bastante humana, pero que siempre traicionan que desconocen el principio interno que lleva a ese comportamiento y con ello dejan traslucir su naturaleza irracional. Esto mismo ocurre con aquellos que, poseídos de un clarividente dogmatismo, esputan que Dios no existe. Cuando Hugo Chávez no paraba de decir sandeces el Rey de España le lanzó un “por qué no te callas”. Más de uno debería seguir el ejemplo y sellar sus labios, ya que cada vez que emiten sonidos es para decir dislates.
Desde luego, nadie con dos dedos de frente puede sostener seriamente que Dios no existe, a no ser que sea el mismo Dios y nos quiera engañar, y esto es algo que jamás acontecerá. Al contrario, hay que considerar seriamente que Dios está en el principio de la reflexión de un creyente y al final de las investigaciones de un científico. Así ocurre con el trabajo de pensadores de la talla de Descartes, Tomas de Aquino, Kepler, Mendel, Newton, Dostoievski, Einstein, Malebranche y un largo etcétera de mentes que merecen el más sublime de los respetos. Desde luego, hay campos – estabilidad, suficiencia y absolutez –, preguntas y resultados de la ciencia que tienen una destaca importancia metafísica. Son aquellos resultados en que la ciencia aporta elementos sustanciales para que la filosofía trate de responder las preguntas en torno a la naturaleza metafísica última de la realidad.
Francis Collins, director del Proyecto Genoma Humano, dice que ve el ADN, la molécula de información de todas las cosas vivas, como el lenguaje de Dios, y la elegancia y complejidad de nuestros propios cuerpos y del resto de la naturaleza, como una reflexión sobre el plan de Dios. Desde luego, la ciencia jamás podrá responder sobre el sentido de la vida o por qué funciona la matemática, pero es que este tampoco es su objeto ni cuenta con el método necesario. No obstante, se puede edificar la posibilidad de la existencia de Dios mediante fundamentos estrictamente racionales. Lo que no es defendible es la paupérrima consideración “Dios no existe”, pues ella misma es todo un atrevimiento pues es la afirmación de un negativo universal.
Ciertamente la razón nos acerca a Dios, pero es necesaria la fe – que es razón y revelación –, pues como decía Eisntein, uno tiene que escuchar música y no leer sólo notas en un pentagrama. Desde luego, Copérnico, Newton y Schrödinger – entre muchos otros científicos – hallan una asombrosa conformidad en las verdades complementarias de la ciencia y la fe. Y es que el Dios de la Sagrada Escritura es el mismo Dios Creador del genoma. Como bien dice W. von Braun, la ciencia puede ser un medio para adorar a Dios, pues, en palabras del Premio Nobel de Medicina Ernst Boris Chain, la idea fundamental del designio o propósito divino mira fijamente al biólogo, y no importa dónde ponga este los ojos, la probabilidad de que un acontecimiento como el origen de las moléculas de ADN haya tenido lugar por pura casualidad es sencillamente demasiado minúscula para considerarla con seriedad. Y es que “sólo un idiota es capaz de ser ateo” (Christian B. Anfinsen, Premio Nobel de Química).
Escrito en Ciencia, Religión